Carta para un amigo ausente

Me pregunto si piensas en mí cuando estás solo, cuando no andas ocupado en tus labores cotidianas de aventurero misionero, ni arropando a tu novia por las mañanas. Me pregunto qué te pasa  por dentro ahora que nos separan miles de kilómetros.

Has guardado silencio durante tanto tiempo, que ya no te espero. Me has dejado Madrid para mí. Todas las canciones que te hicieron (nos hicieron) en tu fondo y en tu forma, ya no te reconocen, y “Turnedo” sigue sonando estrepitosamente en mi habitación, mientras Ferreiro y yo ya no nos acordamos de tu voz, ni de tu entusiasmo: el que siembra ausencia solo puede recoger olvido.

Ha vuelto a pasar, pero esta vez sin retorno. Debí haberme dado cuenta aquellas (tantas) veces, en las que solo fui tu camino de huida cuando necesitabas oxigenarte de aquella  rutina marital  y taxativa. Nunca fui tu plan A, tu amistad plena, tu casa de hermandad…  ¿Cómo pude ser tan incauta? No es un reproche, al menos no para ti, puede que me esté diciendo a mi misma las cosas que nunca quise admitir. Y nunca es tarde aunque lo parezca.

El equilibrio fue imposible: mientras yo te elegía sin excusas ni condiciones; con sentido; tú lo hacías por descarte y por carestía; siempre fui la última opción entre tus prioridades. Pero tranquilo; lo he entendido y no es un reproche, te lo prometo. Todo ha cambiado, pero todo está bien, siempre lo ha estado.  Y voy a quererte como siempre y para siempre, con esa manera tan mía: incondicional, presente,  desatada, fructuosamente…  Por mi parte, puedes ir en paz, hermano mío.  Gracias por la música, por las palabras, por la poesía, por los viajes, por traerme el verano en cada encuentro, la alegría, la agudeza, el espejo, la comprensión, el ejemplo… No fue insubstancial lo vivido contigo; Cádiz, Jaén, Córdoba, Madrid, La Carolina… Nos vieron rendirnos a la vida, ser eternos, sentirnos extraordinarios. ¿Cómo considerarlo poca cosa?

Pero todo ha cambiado, y está bien así, siempre lo ha estado…  Ya te he perdonado aunque sé que nunca hubo nada que perdonar, salvo no haberlo entendido antes.

Lo que dolía (entiéndeme) no era tu ausencia sino mi empeño; no era tu olvido sino mi recuerdo; no eran tus causas sino mis efectos; no eran tus decisiones sino mis expectativas. No ha sido fácil encajar, que para quien tienes un castillo repleto de tesoros por descubrir solo tiene para ti una esquina exigua de su casa, para alquilártela en temporada baja,  y desahuciarte cuando llegan los elegidos  (¡los hay con suerte!) por temor o desgana a mostrarles  la divergencia.

Ya no duele porque ya no existe, no es desesperanzador  ni trágico el asunto; y no seré yo quien lo represente de modo alguno.  La verdad no necesita mi juicio, ni mi opinión; solo requiere de mí una cosa: que la acepte, y lo he conseguido.

Serrat, una vez más, tenía razón: «Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio».

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