Lo inesperado

¿Sientes cómo las sombras

Vierten en su propio precipicio

Resquicios de luz aislándonos

Del dolor que nos empuja hacia delante?

 

¿Sientes cómo las grietas

De  la carne del mundo rugen

Pidiendo entre el amor y la clemencia

Su espacio de bruma y nieve?

 

Grietas que no miran pero sienten

Bajo  los pies de los transeúntes

Que ni las miran ni las sienten

Pero siempre, inevitablemente  sucede…

 

Lo inesperado, a veces perverso

Como un ángel caído, y a veces  dorado

Como un sol amanecido entrando por la ventana

lúcido e implacable, salvándonos de todo.

 

Detrás del ruido

Detrás del ruido, debajo de la ropa

Dentro de la piel, a la sombra

De todo lo establecido, tirita

La vida amable e incipiente, asoma

 

Con ojos veraces y lumínicos

Con mares exiliados de sus tierras

Con la perfección de una madre

Que aguarda besos para el hijo.

 

Septiembre juez y parte, me abre

La carne, limpia ya del vómito

De un verano fingido y equidistante

Sucedido ya como un sueño

 

Del que se despierta de una siesta

Ensimismado en una atemporalidad

distante de la tarde ya perdida.

Sucede entonces, sin juicios la vida

 

libre del cansancio de los ojos

De quienes sin adentrarse en ella

Vacuos de sentido y sedientos

de respuestas, la miran.

Soporte y espejo

Aguarda la ciudad un célebre ruido

Casi silencioso al caer la tarde

Sobre los tejados uniformes del barrio

Caudal alegre del viento del norte.

 

Leo a José Moreno Villa mientras pienso

En la belleza de las almas profundas,

Henchidas de amor y de bonanza

Apremiando noches cálidas en días de invierno.

 

Hace horas que te has ido y en tu ausencia

Cuido de nuestra casa y del aroma

A café en grano, a tu perfume insolente,

Para que vuelvas pronto cuento las horas.

 

El frío de este invierno lejos de dolerme

Me acaricia, me encumbra, me sostiene,

Susurra  poemas de amor sin canciones desesperadas

Me dice que sí y  asevera, sin excusas, que me quiere.

Con ojos de hoy

Mi cuerpo, henchido de flores,

Diciéndote a besos lo que ya sabes,

Vertiendo en un arsenal de espuma

El inequívoco ruido de orgasmos y sumas.

 

Ahora, tendida, serena, tranquila y templada

Pienso en el tiempo que ha pasado,

en aquellas voces y su eco agreste y fiero

ahora sé que ninguna de ellas era la mía.

 

Después vino el silencio, dejé hojas caer

No había respuestas ante la negra espesura.

Mis cielos salvados se desvanecían, los dejé arder

Hundida y dañada apelé sin fuerza a la inusitada cordura.

 

Me miro ahora, con los ojos de hoy

con la piel florecida, liviana, acariciada

y pienso, que no has sido tú;  tú no me has salvado,

tú me has encontrado, y ahora sé quién soy.

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